Recuerdo haber corrido como alma que se la lleva el diablo enfilando por las escaleras de emergencia del edificio. Sabía perfectamente que cualquiera que quisiese escapar de una manera rápida tendría que bajar por allí ¡Sí que lo sabía! ¿Cuántas personas no lo habrían intentado antes? ¿Una, 6… 15 quizás? Lo hacían por que esperar que llegara el ascensor era arriesgado y lento, las escaleras eran la mejor opción no cabe duda.
Al salir no reparé en la expresión de Max, pero me percaté de su decisión de no acompañarme cuando crucé el umbral de la escalera de incendio y no lo vi a mi lado. No me importó en lo más mínimo, de hecho ni siquiera me dí vuelta a mirarlo cuando descorrí la puerta de las escaleras, es que la sola idea de esperar otros 300 años antes de encontrar una esencia tan celestial como la que Charly ofrecía tenía el mismo sabor al vacío existencial que los ‘Amos Piadosos’ describían luego de siglos de destierro voluntario en cuevas rodeadas de bosques solitarios para que la tentación del efluvio humano no los hiciera su presa. Pero ¡no! Yo no me compararía con uno de ellos… si no encontraba la manera de preservar esa sangre que recorría a todo galope el interior de mi ingrata visita, si no hallaba la manera de disfrutarla por mil años en el futuro hasta el ‘Fin de los días’… no valdría la pena vivir un minuto más sobre la tierra de los hombres. Había sido testigo de uno de los más grandes tesoros y sin mayores miramientos, el destino, se empecinó en arrebatármelo de las manos.
Fueron dos días agónicos de exhaustiva búsqueda por las calles de Brooklyn y parte de Manhattan alrededor del puente Hudson. La Quinta Avenida nunca me pareció más repleta que aquellos días y las preguntas en mi fuero interno no dejaban de taladrarme el pecho con su angustia oscura: ¿Cómo pudo haberse escapado tan rápido? ¿Cómo era tan difícil captar su presencia divina otra vez? Rendido, agobiado, completamente sumido en el más profundo de los abismos en los que puede caer la moral de alguien cuando ve perdido para siempre su oportunidad para ser medianamente feliz… sintiendo como esta insolente muchacha había escupido sobre mi mano servil, soporté el peso de la derrota que no consigue calma hasta llegar una vez más al departamento.
Al abrir la puerta, que pareció demorarse una eternidad en descorrerse y hacer un hueco lo suficientemente grande para dejarme pasar, noté como el living que hace dos días no había visto no había sufrido ninguna modificación desde mi salida… me pareció vacío y lúgubre aun cuando yo estuviera acostumbrado a esas dos características y de repente me recordó que debía presentarme en el trabajo hace… ¿hace cuanto no iba a trabajar? Por inercia giré la cabeza hacia el reloj sobre la encimera no sin antes sentir una extraña y apremiante sensación de angustia al notar que aquel mismo reloj le sirvió de escusa a Charlotte para poder deshacerse de mi presencia ante puerta y poder tomar la ropa que le ofrecíamos.
2:30 AM, Max debería estar en el Central Park o en algún rincón oscuro disfrutando de sus libaciones vampíricas, pero no me animé a llamarlo y averiguar donde estaba para ir y hacerle compañía… sabía que sonaba a berrinche infantil, pero si no era el cuello inmaculado de la bella Charlotte que quebrara no quería ningún otro por simple desquite.
Caminé a través de la sala de estar y me tumbé en el sofá sumido en contemplaciones confusas. Tarde recordé, sin embargo, que ese mueble había sido tocado por ella y aún su aroma a constelaciones infinitas seguía allí como una memoria dolorosa.
-¡Maldita sea!- mascullé incorporándome rápidamente y sentí cómo una especie de ráfaga colérica fluía hacia mis manos. Tomé un cojín y con rabia lo atravesé de un golpe, no obstante la explosión de plumas no alcanzó a dar abasto para saciar mi sed de violencia e ira aun cuando salpicara hacia todas direcciones, por lo mismo tome otro y otro y los desgarré de diferentes formas, pero la destrucción de las almohadas no era suficiente para contrarrestar el trago amargo y humillante que Charly me había dado a probar, entonces, me estaba preparando para desquitarme midiendo el filo de mis bestiales garras contra la mesa de la cocina cuando:
- Supongo que esta muestra de brutalidad es producto de que no la encontraste después de estar fuera 2 días enteros - dijo la voz burlona que me detuvo, salvando, sea dicho de paso, a la mesita de un trágico final – o ¿es que acaso solo quieres redecorar la estancia con un estilo más… exótico?-
Una risilla pícara llego a mis oídos. De espalda a la puerta de acceso crispé los puños con tal fuerza que no supe como no me herí las palmas. Inhalé con pesadumbre, entonces me llevé las manos a las sienes cerrando los ojos por un momento tratando de tranquilizar aquel impulso que me llamaba a prenderle fuego a todo el edificio y ser testigo de una orgía de masoquismo, decadencia y pirómanos deseos. Exhalé para luego darme vuelta.
Max estaba apoyado contra el marco de la puerta. Una expresión de superioridad le llenaba el rostro como si su sagaz comentario hubiese sido algo por lo que lo premiarían, eso me dio la sensación de que sabía algo de lo que yo no tenía ni idea.
Supongo que mis ojos que, por obvios motivos (recuerda querido lector que al parecer cambian de color con la ira que yo sienta), se habían vuelto rojos, regresaron a su estado de café claro al momento de verlo allí parado. Mi rabia se había ido momentáneamente gracias la inoculación de esperanza muy repentina, quizás hasta apresurada, que encerraba esa postura misteriosa de mi colega.
-Uf! Me dejaste cortándole el pelo a la Señora Brown - repuso con soltura entrando agitando los brazos como queriendo decir que el día anterior habia sido un total fiasco – y créeme –dijo mirándome a los ojos con un brillo travieso – esa mujer si que tiene problemas con el cornudo de su marido – repuso al fin.
Suspiré desviando la mirada haica el desorden que había provocado y que hacía de las suyas escabulléndose como animal herido por entre los recovecos de la casa gracias a que una de las ventanas de la terraza estaba abierta.
- Creí que te gustaba hablar con los humanos y tratar con ellos sus problemas mundanos – le replique con animo de jugarreta y así evitar el tema.
- ¡si!! … pero…mmm... ¡Soy estilista no consejero matrimonial!... además… - puso cara de cachorro triste – Jane y Zeta estuvieron bombardeándome con sus estupideces desde temprano – me abrazó por la espalda susurrándome al oído - y no estabas tú para defenderme querido Alex – se apartó de mí riéndose entre dientes, le correspondí con una mueca. – Creo que iré a dormir – agregó haciendo un resuello y estiró los brazos. Se dirigió hacia su habitación revolviendo aun más las plumas a su paso y de repente se detuvo a medio camino sin volverse hacia mí – a menos que quieras seguir manteniendo esta estimulante charla antes de volver al trabajo –
Emití un leve sonido de molestia y me restregué un ojo tratando de que pareciera un claro signo de cansancio - ¿por qué tan ansioso de comunicación Max? ¿Es que acaso no tuviste suficiente con las emocionantes narraciones de infidelidad de la Señora Brown? - pregunté en un tono pícaro sin evitar torcer los labios en una sonrisa juguetona. Él se volteó, su cara aparentaba más seriedad que nunca.
-¿No quieres hablar sobre lo que hiciste durante estos 2 últimos días?-
¡¡¡Bien!!! ¡¡¡Espectacular!! Casi había logrado convencerme a mi mismo que todo estaba bien y luego llega Max con ánimos de estropearme lo que me queda de existencia ¡esto no podría ser mejor! No obstante, no cambié mi semblante ante aquella molesta interrogante:
-¿Qué hay que hablar? – lo único que quería era rechinar los dientes pero no pude, debía disimular mi obsesa obsesión.
Aunque nunca hubía sido necesario mantener apariencias delante de mi colega… esta vez por alguna razón lo ameritaba. Es decir, siempre delante de otro vampiro uno podía revelar cuanta locura se nos viniera a la cabeza, o sea, nadie podía juzgarte por excitarte con la idea de algún crimen morboso y sádico, esa era parte asumida de nuestra naturaleza era casi un deber pensar de esa manera, pero… algo me decía que Max no entendería lo que sentía en ese momento, siendo sincero, ni yo sabía con claridad qué era lo que me tenía tan perturbado y menos quería relacionarlo con alguna emoción humana, si es que es esa tu conclusión Lector luego de leer estas líneas. No obstante, debía darle crédito al Pequeño Max, el sujeto en cuestión tenía una percepción de la vida bastante perspicaz se podría decir, quizás demasiado, no se le escapaba nada aun cuando me empecinara por hacer 'nada' algo que se me estaba escapando de las manos poco a poco. No, Maximilian había notado que mis intentos por distraerlo de su punto eran torpes y ahogó una risita ante mi propia nariz:
-¿no… no la encontraste? - ¿se estaba aguantando una carcajada? ¿En serio le provocaba tanta gracia verme en ese estado nefasto?
viernes 25 de diciembre de 2009
viernes 4 de diciembre de 2009
-¡Jum! – exhalé, respirando fuertemente tratando de liberar tensión.
-¿y? ¿Me piensas decir lo que pasa?-
-¡Acaso te crees mi maestro!- lo encaré indignado - ¡No te debo ninguna explicación de nada de lo que hago!- estaba inquieto y enojado por la actitud de Max aun cuando en el fondo sabía que mi ofuscación se debía a que no podía contemplar a mi visita permanentemente - ¡Déjame tranquilo! - solté un bufido.
Sentí unas extrañas ñáñaras en el estómago, cerré los ojos y por un momento me transporté al altiplano donde hace mucho tiempo había experimentado auqella extraña sensacion a la que nombran como 'paz espiritual’… me relajé sumido en un éxtasis fugaz.Pero poco me duro la tranquilidad. De un momento a otro, aquella miserable y fatua felicidad se esfumó como si a una vela le fuese arrebatada la luz interna y pronto caí en cuenta que estaba en Nueva York del siglo XXI, vampiro aun y con un compañero un tanto inquieto por mi decisión de traer carne fresca a la guarida de perros hambrientos.
-¡Eres extraño Alex!... ¡muy extraño! Mmmmh y… ¿me la presentarás? – Max cambió de tono rápido, recobrando ere aire travieso y jovial que lo caracterizaba. Aquello me incomodó de cierta manera difícil de explicar, ya que no sabría cómo reaccionaria yo en el caso de que a Max, por algún momento de descuido, se le declarara la sed… como a mí. No obstante, aquello era una preocupación tonta, tenía claro que a Max no tenía el mismo ritmo que yo en lo que respecta a los insufribles deseos de libaciones humanas… pero ese cuento del autocontrol desarrollado al cien por ciento lo conocía muy bien. En mi vida anterior, es decir, antes de conocer a Maximilian, había estado con bastantes sujetos a los que deje demasiado cerca de mis potenciales presas y que terminaron por cobrárselas para si mismos…
Max me miró desde lejos, pareció comprender los pensamientos que surcaron mi mente en ese par de segundos y acercándose a mí cautelosamente, dijo:
-Descuida… ya te lo dije, de entre los dos… yo sé cuando realmente – puso énfasis en lo de realmente hasta el extremo de casi hacerlo sonar sarcástico – no tengo ganas de…-sonrió- merendar.
Mi rostro seguramente era de duda puesto que Maximilian permaneció allí observando, con una quietud que pareció más llena de sigilo que de misma espera ante la expectativa de que yo me dignara a conducirlo ante la visita…. Lo miré con los ojos entre cerrados, me esforcé por que mi rostro transmitiera desconfianza:
-Primero cámbiate de ropa - le corté con un suspiro pesado, buscando otra vez con los ojos la ranura por donde podía ver hacia el living. Él soltó un bufido evidentemente molesto por mis requerimientos:
- ¡Ah, claro! ¡Ahora resulta que tengo que verme decente para la mocosa!- le fruncí el seño.
-¡Maximilian deja de quejarte por estupideces!- baje el tono - además sabes bien que lo que quiero… no es precisamente a Ella- enfatice- sino lo que hay bajo su piel- sonreí mojando mis dientes con la lengua. Max estaba contrariado:
-Pero… ¿para qué la salvaste entonces?- susurró buscando una polera en el closet.
-¡ah!- suspiré- misterios de la personalidad de un individuo -
Él arqueó una ceja y me miró con cierto brillo de incredulidad en los ojos. Aguarde en mi postura cerca de la puerta mientras que él terminaba de cambiarse. Estuve observando a ratos la cocina desde la pieza y por un momento me senti como James Steward protagonizando 'La ventana indiscreta'. Ella aun permanecía sentada, sin embargo, ahora movía su cabeza examinando cada rincón de la casa con la vista; parecía estar dispuesta a esperarnos a mí y a mi ‘pareja’ para despedirse y marcharse.
Cerré la puerta con cuidado para que el sonido del seguro no fuera evidente. Sonreí tranquilo, confiado de que al salir estaría allí y entonces… bueno, pasara lo que pasara, estaría allí. Su sola presencia le traía un complaciente descanso a lo que sea que tengo en mi interior (¿alma?).
-¡Ok!- esa exclamación me perturbó un poco, me volteé para ver a Max- ¿Así parezco una persona respetable y decente para tu novia? – dijo con petulancia agarrando los extremos de sus ropajes y levantándolos para que los pudiese examinar con mayor cuidado. Se había puesto pantalones negros, una musculosa ceñida y blanca resaltaba el contorno de su torso y una camisa abierta las hacía de chaqueta sobre sus hombros.
-Decente no eres Max – bromeé –y no seas ingenuo, para que dejes de hacerte el mártir, ella cree que tú y yo somos… pareja – un nudo desconocido se formó en mi garganta al pronunciar esa última palabra y al notarlo, un brillo fugaz iluminó los ojos del pequeño Max… un brillo que desapareció totalmente cuando repuso con desaire:
-¡Si! Una pareja de sadomasoquistas – sonrió sin alegría, bajando los ojos como si su intento de broma fuese más que un simple comentario. Me le quede mirando en silencio por un instante.
Aunque hubiese habido luz en el dormitorio, su mirada hubiese seguido sombría, quizás le dolieron más de la cuenta los golpes que le propinara. Me levanté y acercándome con cautela, le estiré el cuello de la camisa. Él seguía con la cabeza gacha, así que subí su mentón sin gran esfuerzo con uno de mis dedos… lentamente su rostro se erigió frente al mío. Sus ojos translúcidos estaban tristes y trató de redirigirlos de forma casual al momento de hacer contacto con los míos. Intente sonreír luego de que él exhalara con pasividad.
-¿Alex? – me llamó, pero lo callé con mi dedo en su boca.
-Shhh…- hice un gesto con la mano para que aguardase, no quería que ese instante terminara tan rápido.
Sentí su respiración artificial concientemente semejante a la respiración de una criatura con pulso, como queriendo decir que cada suspiro de vida que intentaba simular era como el latido del corazón marchito que teníamos en común. Abrí los ojos. Allí estaba Maximilian, mirándome como un pequeño niño asustado, ostentando esa mirada inocentemente pérfida y sutilmente pueril que tanto me gustaba de mi colega. Otra vez exhalé aliviado.
-No sabes cuanto me encanta hacerte eso - suspiré con cierto aire de malicia y luego sonreí mientras que él me correspondía con un gesto similar.
Me di vuelta en dirección a la puerta de acceso de la pieza y escuché como Max dudaba un momento en su puesto y se decidía a seguirme. Otra sonrisa complacida surcó mi rostro.
Giré el pomo en la puerta y mi mirada voló fuera de mi voluntad hacia la silla donde estaba Charlotte…
¡¿Pero que pasaba?! ¿Dónde se había metido Ella?
La puerta de entrada estaba abierta, el pocillo donde antes había reposado mi primera merienda sin ni un milígramo de células animales estaba vacío sobre la mesa de la cocina aun sucio como una burla a la hospitalidad ofrecida.
¿Cómo era posible tal insulto? Y peor ¿Cómo era posible tal escape en tan pocos segundos?
Una cruel vinculación de ideas se tejió en mi cabeza: esto estaba premeditado con antelación ¡sí, eso es! Charly había estado bosquejando su plan de escape desde mucho antes que le ofreciera algo para comer si quiera ¡por eso la cara de incomodidad con mi presencia mientras comía! ¡Por eso fingir preocupación por mi compañero! la primera humana que me veía por completo la cara de imbécil y lo peor era que no sabía donde estaba como para reestablecer el orden correcto en que se supone debían pasar las cosas: el cazador que atrae a la presa a su trampa, no la presa que le tiende trampas al cazador. ¡Pero que estúpido había sido al confiarme de esa manera! Debí acabar con aquella tortuosa esencia en el presiso instante en que me subí a la baranda junto a su cándido ser… al fin y al cabo media noche y en un puente… hubiese sido recurrir a un cliché, pero ¿quien se fija en eso cuando se trata de asesinar a alguien?



